Viviendo del aire y con el miedo en el cuerpo, «otro año sin toros»

Ya han caído en el pozo airón dos de las ferias taurinas importantes del comienzo de temporada, Valdemorillo y Olivenza.

Y con ellas Ajalvir, la fría localidad madrileña en donde Cipriano Hebrero y sus hijos dieron toros hasta que pudieron, cierra el portón porque no es posible celebrar san Blas y la Candelaria como se merece a causa del virus que mata y nos lleva a todos por el camino de la amargura.

Ya no hay toros ni en Enero ni en febrero ni en marzo, con lo que Castellón y Valencia siguen la pauta de la suspensión feriada. Otro año más sin toros. Y ya veremos al alborear el verano y acabarse la primavera si Madrid o Pamplona convocan sus ferias, que lo dudo.

La pandemia ha echado su raído manto de desgracia sobre las espaldas de los profesionales en la espectacular actividad taurina, tal y como sufren los empresarios dedicados a la restauración, hostelería, viajes o al comercio y también el resto de una u otra forma, pues aquello que antes era habitual hoy es extraordinario e imposible de paliar.

Ni el culto cristiano católico se salva de estas normativas, al limitar a veinticinco seres la presencia en misas, funerales, oficios y rezos, pese a la grandeza y extensión de los templos. Tampoco el recorrer las calles libremente a cualquier hora del día. Y todo aunque machaconamente se nos hable de la «nueva normalidad», gilipollesca acepción tomada por las cabezas hueras que inventan y trabucan las palabras para engañar mejor.

Los taurinos y su mundo nos hemos caído con casi todo el equipo. Los medios ni tan siquiera tienen una oportunidad informativa para contar, narrar, mostrar, criticar, celebrar u opinar de toros; las conferencias, las mesas redondas, las convocatorias están totalmente apagadas, ni luces ni micrófonos.

Solo quedan cuatro desgarrones en las redes sociales para opinar y recordar, pues no hay original que llevarse al teclado. Y demasiado es que algunos, muy pocos, están dándole a la crónica con cierta viveza, con palabras cálidas y, como estas mías, llenas de amargura y decepción por no ver la salida al final de este negro túnel.

Pienso ahora en los toreros tanto de oro como de plata, varilargueros y mozos de espadas y ayudas que no tienen ni un macho que apretar ni un estoque que limpiar, ni un capote o muleta que zurcir. La mayoría de ellos sin llevarse a sus vidas ni un contrato de actuación, con lo que la escasez, la ruina y el hambre entra en sus casas por la puerta abierta de la desesperación.

No pueden vivir del aire y con el miedo en el cuerpo en estos días en que además las personas, como bien ha dejado dicho mi amiga Ana Pedrero en muchas de ellas «se palpa el miedo al mirar de reojo, con la piel de sus manos reseca, las ventanas cerradas, la vida de puertas adentro y la muerte sin duelo», sobre todo en los toreros que siempre miran de frente.

Y mientras tanto, el ganado en las dehesas mugiendo, reburdeando, pitando, en ayes lastimeros que se elevan como oración animal a lo alto para que esto pase pronto.

Texto: Jesús López Garañeda

Foto: José Fermín Rodríguez