- Artículo de opinión de nuestra compañera Isabel Tabernero
La Escuela Taurina de Salamanca sigue cerrada. No por falta de alumnos, ni de ilusión, ni de motivos para existir. Está cerrada porque los políticos siguen “haciendo el protocolo”, ese documento mítico, casi legendario, del que se habla mucho pero que nunca llega. Debe de estar escribiéndose con pluma de oca y a fuego lento, porque lo que es terminarse, no se termina.
Mientras tanto, los chavales esperan. Y esperan. Y esperan.
El diputado encargado de la tauromaquia ha sacado pecho durante años de los valores que inculca la escuela: esfuerzo, sacrificio, compromiso, responsabilidad. Valores impecables. Ejemplares. Tan ejemplares que, vistos los hechos, parecen más un lema publicitario que una práctica habitual en su gestión.
Cuando todo rodaba, cuando no había problemas y los docentes se esforzaban en hacer bien su trabajo, el diputado no esquivaba fotos, entrevistas ni medallas colgándose del cuello. Ahora que hay dificultades, silencio administrativo, inacción política y muchas reuniones para “seguir trabajando en ello”. Traducido: no hacer absolutamente nada mientras el tiempo pasa.
Y el tiempo, a diferencia de los protocolos, sí avanza. Los alumnos no tienen la culpa de nada. Algunos se han trasladado a Salamanca expresamente para acudir a la escuela taurina. Se han matriculado en institutos, han cambiado su vida, han asumido gastos y sacrificios familiares con una ilusión muy concreta. Y hoy se encuentran con una escuela cerrada, sin fechas, sin certezas y con la sensación de que nadie está pensando en ellos.
El Bolsín de Ciudad Rodrigo está a la vuelta de la esquina y estos chavales no han visto un pitón, no han salido al campo, no han podido entrenar. Se les exige competir cuando ni siquiera se les ha dado la oportunidad de prepararse. Todo muy formativo, muy educativo y muy ejemplar… sobre el papel.
Respecto a las denuncias, conviene decirlo sin aspavientos: deben resolverse donde corresponde, en los juzgados. Ni en titulares, ni en despachos políticos, ni castigando de forma preventiva a quienes no tienen nada que ver. Cerrar una escuela entera de manera indefinida no es prudencia: es quitarse el problema de encima.
Además, no está de más recordar que la tauromaquia es un arte y, como todo arte, tiene una parte inevitablemente subjetiva. No siempre es fácil decirle a un chaval que no tiene las cualidades necesarias, especialmente cuando en casa —con todo el cariño del mundo— le dicen que es el mejor. Para eso existen las escuelas: para formar, orientar y, llegado el caso, hablar con honestidad y respeto. No para esconderse detrás de un protocolo eterno.
El bien de muchos chavales está siendo sacrificado para no incomodar a nadie, para no asumir responsabilidades y para no perder una foto futura. La tauromaquia enseña que el miedo se afronta dando un paso al frente.
La política, por lo visto, enseña lo contrario. Porque al final, cuando todo esto se aclare, el protocolo llegará. Siempre llega. Llegará tarde, como casi todo en política, y se presentará con rueda de prensa, sonrisa satisfecha y algún “hemos trabajado mucho” que nadie podrá comprobar.
Lo que no volverá es el tiempo perdido de estos chavales. Ni los entrenamientos que no tuvieron. Ni las oportunidades que se escaparon mientras otros “seguían trabajando en ello”.
En tauromaquia, al menos, cuando no se quiere o no se puede, se tiene la dignidad de irse. En política, por lo visto, basta con esperar a que pase el temporal y mirar para otro lado.
Ya es la hora de dar la cara desde Diputación, que son políticos al servicio de todos y aunque la tengan más grande y redonda que una plaza de toros, no dan ni un quite.
Y eso, en cualquier plaza, tiene un nombre.