El maestro, los discípulos, la torería

Hace un par de años, la empresa de la plaza de Valladolid, con la colaboración de los toreros Luguillano y Joselillo, alumnos de la Escuela de Rioseco, la Federación taurina y las reses de Hermanos García Jiménez pusieron en escena un tentadero didáctico para el público que asistió al mismo y vio complacido, cómodamente, desde el tendido las evoluciones de los toreros.

A mí personalmente me cupo la honra de explicar a la concurrencia por la megafonía de la plaza todos y cada uno de los momentos de la tienta, la prueba de madres, la selección ganadera y la función que se desarrolla en todos los complejos ganaderos para probar la bravura de las reses de lidia.

En aquellos momentos, con la emoción que embargaba a cuantos hicieron ese día el paseíllo, estaban los toreros de Valladolid Luguillano y Joselillo que ya en su madurez torera pusieron lo mejor de su parte para compartir un día de tienta en la gran finca y escenario que representa una plaza de toros.

Pues bien. El motivo de este recordatorio no es otro que demostrar la importancia que tiene el apoyo a los que empiezan en el difícil y siempre duro arte de torear.

Los maestros suelen estar siempre dispuestos a mostrar su forma de entender el toreo a los noveles, los ganaderos consiguen ver el comportamiento de sus animales, el público se divierte, entretiene y emociona en alguno de los compases de la lidia y además la tarea didáctica de la función sirve como escuela de aprendizaje para todos.

Por lo que si las novilladas sin picadores han sido dejadas de lado prácticamente por su elevado coste, aquí hay una forma nueva y distinta de ofrecer al primer escalón de la torería una manera de expresar su contenido, asimilar los conocimientos y aprehenderlos para su profesión.

Verdad es que vestidos de corto los toreros no parecen lo mismo que cuando se embuten en el traje de luces. El colorido de la seda y los brillos de las lentejuelas también forman parte de esta liturgia que es el toreo. Ahora bien, como dice el refrán a considerar: «A buen hambre,no hay pan duro».

Valladolid, vivero de afición y torería, anda a tumbos en más ocasiones que las deseables, aunque siempre hay quijotes y gente dedicada que quieren seguir ofreciendo su apoyo y su tiempo en el fomento de una fiesta genuina, propia y típicamente española: La fiesta de los toros.

Escrito por Jesús López Garañeda

Foto: José Fermín Rodríguez