Bravura campera en Santa María de los Caballeros de Fuentelapeña (Zamora)

Un año más, un año menos según se mire, volvimos a Fuentelapeña para presenciar la labor campera de un bautismo de becerros, esta vez a fuego y agua.

Fuego de los hierros malvados en la lumbre y agua caída del cielo en un orvallo persistente, continuo, de esa lluvia liviana, casi imperceptible,  pero que cala hasta las entretelas si no estás preparado.

La ganadería de Santa María de los Caballeros en donde se dan cita gazpacheros, amigos, curiosos, gentes del toro, aficionados  y periodistas que son acogidos con cariño y hospitalidad, para presenciar esta labor de herrado de las reses de saca del año. Todos caben en el recinto del garigolo en donde arde un buen fuego en la chimenea y crepitan unos troncos de encina.

Café, pastas, cagalitas de gato, dulces típicos de la zona, pan y vino, entonan al poco de llegar y enseguida comienza la labor del marcaje de reses a fuego candente bajo una cortinilla de llovizna desapacible.

El veterinario Carlos Alonso está al tanto de la desparasitación, del vacunado, de la relación en el herrado, si macho o hembra, así como de la supervisión de los crotales que coloca el ganadero Juan Carlos Encinas, mientras Ana, la ganadera viuda del recordado Luisma, va recogiendo en el acta los nombres de los “bautizados”.  En total se han herrado treinta y nueve becerros, 17 machos y 22 hembras, de variados pelajes que entran en el mueco con fuerza y dando zurridos a las trampas del cajón. Precisamente los dos primeros que han recibido el hierro candente, despidiendo un olor acre a pelos chamuscados y torreznos fritos, de pelo negro y negro bragado, les ponen el nombre de “marujo” y “divertido”. En tanto las dos siguientes, hembras de pelo castaño llevan el nombre de “lujosa” y “borreguita”.

La saca de machos la marcan del 1 al 17 y las de hembras del 37 al 59 con el guarismo 9 que denota el año de nacimiento (2019) y el emblema de la ganadería de Santa María de los Caballeros. Rápidamente, el spray cicatrizante alivia y restaña la quemadura de los animales que salen del mueco haciendo fú como el gato.

Los toros de Santa María de los Caballeros de Fuentelapeña, bravos y acometedores, de raza tan apreciada como temida por su movilidad, bravura y exigencia llevan rajada la oreja derecha y orejisana la izquierda.

Mientras el barro y los resbalones no impiden a Paco Yegüero, el de Fuentesaúco, apartar en las corraletas los animales para irles grabando esta simbología a hierro y fuego. Por allí están Luis Miguel Ballesteros, las familias de Encinas y Verdugos, los dos  Juan Carlos de nombre; Raúl Nieto, o el novillero medinense Borja Serrano y el fotógrafo taurino Fermín Rodríguez.

Cuando la lluvia para en intensidad, el garigolo acoge a la lumbre y restaña esfuerzos, junto al fuelle, las tenazas, los cencerros del ganado, la vara de apartar, un vergajo de toro y arrimado a la pared, el botiquín de primeros auxilios de la Mutua Montañesa.

Fuentelapeña, la hermosa localidad zamorana, en el Valle de la Guareña, fértil y húmedo, regado generosamente  por la lluvia, ofrece un aspecto acogedor y allí al cobijo de un techado no falta el vino generoso, la carne, la panceta y el chorizo, colesterol del bueno, para reponer las fuerzas y poner una sonrisa un año más en cuantos por allí estuvimos.

Mucha suerte, ganaderos.

Escrito por Jesús López Garañeda

Fotografías de José Fermín Rodríguez / 30 de Noviembre del 2019 / Fuentelapeña (Zamora)