Una reflexión, aproximación a las raíces de la Tauromaquia

Todavía no hay acuerdo por unanimidad sobre los orígenes de la tauromaquia, lo cierto es que, tanto como su génesis como su llegada hasta nuestros días, se deben a un cúmulo de circunstancias diversas.

Desde la prehistoria paleolítica el ser humano ha cazado toros, de este hecho, conservamos variedad de pinturas rupestres.

Este herbívoros, en diferentes civilizaciones y culturas, ha simbolizado la fuerza, la virilidad, la capacidad para engendrar, la fertilidad, la deidad protectora de la agricultura etc… En los últimos años del Imperio Romano tenemos documentadas las primeras noticias sobre la participación de toros en espectáculos. Estos espectáculos duraban horas y se ofrecían en  diversas modalidades.

Un conocido Matador de toros fue un tal Karpóforo. Ovidio describe que usaba una tela roja para llamar la atención del animal para que embistiera y luego lo mataba armado con una espada y un escudo. Los combatientes que conseguían salir vivos de las fieras, eran aclamados por el pueblo y gozaban de una gran popularidad. En la Hispania Romana también existían anfiteatros y circos como los de Mérida, Tarragona, Itálica o Saelices.

En la capital de cada provincia se organizaban espectáculos taurinos  como los de Roma, según sus posibilidades y recursos. En 206 a.C, bajo el dominio de Roma, llegó a la Península Ibérica, el culto al toro bravo. Entre los ritos ceremoniales a este “dios”, existía uno en que se sacrificaba a un toro con un puñal y se bautizaba al fiel con su sangre.

El primer espectáculo taurino formalizado que conocemos tuvo lugar en León, en 815, aún bajo dominio árabe, aunque sus organizadores eran cristianos. El primer anuncio público de una corrida, del cual  tenemos constancia,  es el celebrado con motivo de la celebración de la boda del infante Sancho de Estrada en 1080. También hubo una corrida en 1107 para celebrar la boda de un tal Blasco Muñoz, en la localidad de Varea (Logroño). Para celebrar la coronación de Alfonso VII (1133), se corrieron varios toros, y en León en 1140, se festejo de la misma manera la boda de su hija. La tradición de correr y de dar muerte a los toros  desde el siglo XIII se ejecutaba para festejar bodas, coronaciones, bautizos, victorias en batallas, homenajes fúnebres,  canonización de santos, etc… Cualquier ocasión daba lugar a correr y matar toros. Este entretenimiento, solía ser practicado a caballo por la nobleza e imitado a pie por el pueblo llano.

En la Edad Moderna, empiezan aparecer las críticas más severas contra esta práctica. Estas se basan, sobre todo, debido a la gran cantidad de muertes humanas que provocaban. La vida del ser humano procede de Dios y solo le corresponde a Él llevarla junto a sí. Estas muertes no eran solamente a causa de las embestidas de los toros sino también a las muertes debidas a las avalanchas para asistir y poder ver de cerca  tales espectáculos.

En 1567 el Papa Pio V emitió la bula De Salutatis Gregis Domici en la cual prohibía los espectáculos taurinos debido a la gran cantidad de muertos, heridos y lisiados que provocaban. La Iglesia amenazaba con excomulgar a los que desobedecieran al Papa y en no enterrar en tierra sagrada a los que murieran en estas prácticas. Sin embargo, se hizo caso omiso de esta orden papal, y por desgracia,  su vigencia duró poco. El Papa sucesor, Gregorio XIII, con la bula Nuper Siquidem, en 1575, consentía de nuevo correr a los toros, ya que según le había informado el Rey Felipe II correr a los toros no es un acto demoniaco.

En 1700, llegó a España la dinastía borbónica, con el Rey Felipe V. Con motivo de su llegada se celebraron espectáculos taurinos. La peble perpetuo la Fiesta de los toros a su manera, casi siempre sin caballos, ya que resultaba un animal demasiado costoso para esas gentes. A partir de este momento empezó a configurarse el toreo como hoy lo conocemos, en que el protagonista es un hombre que torea a pie. La Dinastía Real considero estas prácticas como beneficiosas debido al fuerte arraigo entre los españoles. Es durante el reinado de Carlos III (1759-1788) cuando se empiezan a construir las Plazas de toros, cuyo antecedente arquitectónico es el anfiteatro romano. Muchos de los españoles veían con buenos ojos este desarrollo de la tauromaquia, sobre todo a partir de la construcción de las primeras plazas, las de Ronda, Sevilla, Olot…

El cartel de toros más antiguo que conocemos data de 1763, para promocionar la inauguración de la temporada en Sevilla.

En 1771 murió, cogido por el toro en la plaza, el primer torero de fama, cuyo nombre conocemos por José Cándido.

El inventor de la corrida moderna fue Joaquín Rodríguez Costillares (1743-1800), empleado del matadero de Sevilla, como toda su familia. Organizó las cuadrillas de toreros, los tercios de la lidia, el toreo de capa y la verónica, mejoró el uso de la muleta para que la espada clavara mejor en las carnes, inventó la estocada y el volapié así como modificó el traje de torear.

El primer tratado de tauromaquia fue escrito en 1796 por José Delgado Guerra un discípulo de Costillares.

Cuando llega el siglo XIX en España empieza un glorioso siglo taurino; ahora el torero que ha hecho fama entre el pueblo es recibido en las Cortes del Rey como un héroe. El Rey Fernando VII abrió las Escuelas de Tauromaquia desde donde se promocionó la tauromaquia que hoy conocemos. El siglo XIX tiene innumerables ejemplos de lo que conllevaba la realidad taurina. La ciudad taurina por excelencia, en aquel momento, fue Barcelona, esta ha sido la única ciudad del Mundo en toda la Historia que ha mantenido tres plazas de toros activas a la vez. Barcelona fue el motor industrial de la España del XIX, por lo tanto, es donde vivían la mayoría de las personas de provecho.

En definitiva, el toreo es cultura e historia y gastronomía. Nos hace mejores ya que nos sociabiliza con nuestros antepasados, haciéndonos más cercanos los unos a los otros.

Escrito por David Benavente Sánchez

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