«Raso de Portillo», bravura, historia y grandeza de una ganadería vallisoletana

La mañana cubierta de nubes, con turbiones de agua y agradable temperatura, no impidió que en Boecillo en las tierras de los Condes de Gamazo echáramos a barato la inclemencia del tiempo y accediéramos al arca generosa donde rumian estrellas los toros del Raso de Portillo, la que llaman todos, por serlo, la ganadería más antigua de España.

Allí, recibidos por el siempre atento mayoral de la ganadería, Rafael Agudo, cincuenta años ya, que se dice bien medio siglo al frente del manejo del ganado y conocedor profundo de esta singular vacada que llevan a puerto con profesionalidad, cariño y respeto Íñigo y Mauricio Gamazo como cabezas visibles del equipo que afronta el reto ganadero, dejado por su padre el inolvidable Íñigo Gamazo Manglano.

Con Rafa, su hijo Juanan Agudo que nos lleva por cuarteles y lugares, corralizas y pasajes en un cómodo todoterreno a contemplar la generosa vacada compuesta en estos momentos por unas 400 reses de lidia de las que 180 son vacas madres de vientre. Y en el recorrido, añojos, novillos, utreros y toros que nos miran con cara seria y acuden al ruido del vehículo rodeándonos con sensación de seriedad y respeto, desatando cierto canguelo en quien esto escribe al verlos tan cerca de la ventanilla que llevo con el cristal bajado por aquello que me dice Juanan «si da uno un golpe que no te corten los cristales».

Vemos  las reses con los crotales o pendientes grandes por delante si se trata de hembras o pequeños si son machos, una forma muy práctica de identificar a los animales. El grupo de añojos recién marcados a fuego, saca de este año 2020, conformada por 47 hembras y 50 machos, lucen la marca de la ganadería y el número 0 correspondiente al nacimiento en 2020.

Entre las vacas contemplamos a «aforadita«, la vaca madre de «aforadito», el toro indultado en Pedrajas de San Esteban que pacen en el prado entre los términos de Aldeamayor de San Martín, Boecillo y La Pedraja, por el «Brizo», nombre de una de las zonas de pasto. Lejos ya de aquellos viajes que echaban en lo antiguo para beber en El Pozuelo, entre Herrera de Duero y Tudela, cuando esta ganadería comprendía una extensión tres veces más que en la actualidad.

El «clic», «clic», «clic» de mi amigo Fermín Rodríguez no para de recoger instantáneas y momentos del ganado de lidia que allí rumia pacífico y nos controla los movimientos. Y llegamos a  encontrarnos con «parisino», un pedazo cinqueño de estética y raza de la casa que se quieren llevar los franceses con otros hermanos de camada para una corrida de toros. Cuando llegamos a su vera, el toro que estaba tumbado, se levanta desafiante mostrando su trapío y percha en la que se pueden colgar los gabanes de una tienda sin caerse ni uno. «Pa cojones, los del toro«, sentencia el bueno de Juanan Agudo mientras nos relata alguna de las anécdotas de su vida como picador de toros por esas plazas de España y Francia y recuerda con emoción y gratitud a Iván Fandiño, el malogrado torero que fuera su jefe de filas. El de Orduña cuando venía a tentar las vacas astifinas del Raso y algunos le decían que se podrían aliviar las puntas, éste contestaba, pero ¿no salen así en Madrid los toros?. Pues igual las vacas.

Rafael Agudo, 50 años de Mayoral en «El Raso»

Pero quien más sabe de toda esta explotación ganadera en la actualidad es Rafa Agudo. Él que aprendió de zagalito con su tío Felipe allá por la «Medinilla» en San Felices de los Gallegos a manejar diariamente unas 1200 ovejas y que recuerda cómo mojaban con aguardiente la boca antes de acceder a la paridera con exceso de trabajo y un aprendizaje campero, o embarcando en Fuente Robles, fue traído a Boecillo por la madre de los Gamazo, la propietaria de la ganadería, empezando con el ganado de lidia sin miedo y con decisión, pues ya había tenido una experiencia al llevar a Ciudad Rodrigo, para la fiesta del carnaval, 34 toros y 17 bueyes.

Rafa me cuenta la anécdota de la recuperación de un buey que se le había escapado a Jorge Manrique en Aldeamayor y que no había forma de encontrarlo. Rafa se puso manos a la obra y lo encontró encamado como una liebre cerca del arroyuelo que corre al lado del pinar de Boecillo.

Rafa conoce los secretos de la ganadería del Raso Portillo como nadie. Hombre de confianza de Íñigo Gamazo y de la familia, es una institución viva, sabia y honrada que ha sido capaz de mostrar a sus hijos Juanan y Rafael el amor por el toro bravo.

Por eso, hablar con Rafa, escucharlo y atenderlo es uno de los momentos más emotivos con que esta mañana de diciembre nos han atendido con cordialidad y afecto en la ganadería más antigua de España. Nos despedimos deseando salud y suerte en estos duros y complicados momentos por los que está atravesando no solo la ganadería brava, sino toda la sociedad española, agradeciendo de corazón las explicaciones y la grandeza de afición de una familia entroncada en el Raso de Portillo.

Texto: Jesús López Garañeda

Fotos: José Fermín Rodríguez

Fotografías de José Fermín Rodríguez / 19 Diciembre del 2020 / Boecillo (Valladolid)