Llorando en silencio, sin rechistar ni alzar demasiado la voz

Poco es cuanto sucede al mundo del toro merced al silencio, no ya cobarde, sino más bien acomplejado, titilante como las lentejuelas de un traje de luces en corrida nocturna que refulge con la luz de los focos en multitud de luciérnagas de oro y nácar.

El taurino, un hombre abnegado, pleno de ilusión en sus comienzos, entregado a la labor y muchas veces desengañado por los tumbos de la vida y los momentos difíciles, duros y complicados, no muestra en general demasiadas ganas de protesta, de mostrar el orgullo de su actividad y de defenderla con uñas y dientes, pensando tal vez en que ya pasará esta ola mareante y letal que ahoga la vida de tantas y tantas familias entregadas a esta profesión.

Hace unos días leía las atinadas respuestas de un empresario joven, dedicado en cuerpo y alma a este menester de organizar fiestas de toros por esas plazas de ciudades y pueblos de España, en donde mostraba la observación de dar la vuelta a la forma de gestionar, organizar y limitar la planificación de festejos taurinos. Ciertamente aquí habría que destacar que la Administración, que señala las normas y pautas en la organización de cualquier festejo taurino, que exige unas condiciones a veces extremadamente exageradas, inútiles y en ocasiones agobiantes de permisos, pagos, papeles y aspectos reglamentarios que deben ser revisados, sustituidos y fijados de nuevo, ante la vida nueva y distinta en la que la sociedad entra, tras la virulencia de la peste pandémica que aterra, mata y desgobierna toda una forma de vida anterior, puede y debe implicarse seriamente.

Es hora de ponerse ya no a pensar, sino a actuar con auténtica decisión.

Los toros en España han sido propios de un grupo selecto, especial, muy reducido de personas que dirigen, organizan y ponen en el escaparate anual a unos pocos que son quienes se llevan el santo y la limosna, como vulgarmente se dice, mientras el resto mira y espera en silencio, preparándose porque sabe que la ocasión la pintan calva.

Los ganaderos miran con intranquilidad y tristeza el devenir de los acontecimientos para sus animales, muchos de los cuales emprenden el camino del matadero con la pérdida del monto económico de su cuidado veterinario y alimentación durante tres, cuatro o cinco años, como les ha llevado conseguir el toro apto para la lidia.

Los toreros esperan, toreando de salón fundamentalmente y ejercitándose físicamente para mantener la forma, pero son muy pocos los que hablan y exponen la situación de su profesión vocacional, rebelándose contra el abuso, la utilización y la mentira. Sin embargo siempre esbozan una sonrisa con el silencio y amargor cómplices de la resignación.

El público expone, fundamentalmente gracias a las redes sociales, sus chispazos de opinión ante las noticias, los sucesos y acontecimientos pero sin ir más allá de su compromiso y compenetración, obviando una entrega más activa.

La Administración, cómoda y recibiendo los impuestos del mundo taurino, hace oídos sordos en muchas ocasiones a sus demandas, a sus ruegos, a sus situaciones difíciles y complicadas, sin importarle un ardite la ida o la vuelta del negocio taurino y sus protagonistas, priorizando en otros colectivos más afines a ideologías y modas de los tiempos.

En fin. Así están las cosas en este mundo taurino, diamante del mundo rural español, marcado hasta ahora por compartimentos estancos y grupos autárquicos que disponen casi todo, en lugar de participar, investigar, señalar, ordenar y crear una forma nueva de dirigir el negocio taurino. No queda otra perspectiva que el cambio radical de situación, porque esconder la cabeza y silenciar responsabilidades, no sirve ni ha servido ni servirá para nada.

Escrito por Jesús López Garañeda

Foto: José Fermín Rodríguez