«La vida y la muerte más dignas»

  • «Artículo de Opinión» de nuestro compañero Antonio Cepedello

«El toro es el animal que tiene una vida y una muerte más dignas». Y esta frase no es de ningún aficionado ni de un profesional taurino, ni de nadie conocido por su ideología conservadora, ni mucho menos por su poca cultura, escasos conocimientos o falta de raciocinio, sino todo lo contrario. La pronunció hace ya algo más de 40 años el profesor universitario Enrique Tierno Galván, un intelectual socialista que llegó a ser alcalde de Madrid.

Poco se puede añadir más para acabar con todos los absurdos argumentos contra la Tauromaquia de los mal llamados ‘animalistas’ o de los que llevan la desgracia a cuestas de ser antitaurinos, aunque sus criterios son tan respetables como los del todo el mundo, incluidos los que amamos el toreo.

Lo único que se puede agregar más para contrastar esta afirmación es utilizar los casos que sean necesarios, que son miles o millones, para confirmar más esa acertadísima frase del considerado como el mejor primer edil de la capital de España en la actual etapa democrática de nuestro país.

Por ejemplo, son muertes de animales mucho menos dignas que la del toro bravo en la plaza, la de miles de millones de especies que fallecen cada vez que construimos cualquier edificio u otro tipo de infraestructura, como son los puentes, las carreteras o las zonas recreativas, que en muchos casos son innecesarios, porque la mayoría de estas obras se llevan a cabo por un interés económico. Estos asesinatos se cometen a traición, sin que las víctimas puedan defenderse.

Son fallecimientos menos dignos también los de los billones y billones de animales que se sacrifican a diario en el mundo para que podamos comer carne, lo que también es innecesario porque existen millones de personas que se alimentan sólo de vegetales. Aquí tampoco las víctimas pueden defenderse como los toros en el ruedo.

Al igual que en los crímenes de los miles y miles de animales que mueren en los laboratorios durante los ensayos de todo tipo de medicamentos destinados a los humanos. Muertes que tampoco son imprescindibles para nuestra especie, porque el hombre ha vivido durante siglos sin necesidad de ello. Y así podíamos seguir párrafos y párrafos sobre el exterminio histórico llevado a cabo por el hombre contra el resto de seres vivos.

Pero es que no sólo la muerte del toro bravo es la más digna de todos los animales, sino también su vida. Y aquí entra la esclavitud a la que muchos humanos condenan ya a especies a las que dicen amar, como son las mascotas, pero a las que obligan a nacer, morir, reproducirse, comer, hacer sus necesidades fisiológicas o elegir el hábitat y las condiciones de vida que ellos quieren, sin importarles que las de estos animales sean más silvestres y totalmente distintas a las humanas.

Estas personas no tienen ningún recato para acusarnos a los taurinos de ‘maltratar’ a los animales o cosas peores, mientras ellos llevan a sus perros tirados por una cuerda y ahorcados con un collar, sin darles ningún tipo de libertad de movimientos, los mantienen días y días encerrados en sus viviendas, les obligan a esperar horas y horas para hacer pis hasta que llegan ellos a sacarles de sus casas o no les dejan aparearse cuando tienen su celo, además que los castran o esterilizan….Y paro ya de describir sus innumerables barbaridades, porque este régimen ‘animalista’ es inadmisible.

«Prefiero morir de pie, que vivir siempre arrodillado», que ya lo dijo hace muchos años un líder político revolucionario, el ‘Che’ Guevara, al que dicen admirar la mayoría de los que se declaran ‘animalistas’. Pues eso, que apliquen esta frase y dejen de apoyar la muerte y las tiranas condiciones de vida de los millones y millones de animales que son asesinados o esclavizados sin poder decir ni pío. Y luego denuncian cómo los toros bravos, que disfrutan de libertad toda su existencia, mueren en la plaza, aunque lo pueden hacer de pie, con la cabeza muy alta y luchando hasta el final.

Va por todos ellos, que aún tienen tiempo para recapacitar sobre su tremenda ignominia contra los taurinos.

Texto: Antonio Cepedello