La Tauromaquia y la Navidad

  • «Artículo de Opinión» de nuestro compañero Antonio Cepedello

La relación entre la Tauromaquia y la Navidad no se limita sólo al conocido villancico donde ‘El Cordobés’ le pide a San José que le haga un toro de papel. Estos dos acontecimientos milenarios comparten mucha más simbología de la civilización cristiana y de épocas anteriores, como la romana, la griega, la egipcia o la babilónica. Otra muestra más de la trascendencia, importancia y relevancia histórica del toreo.

El nacimiento de Jesucristo se produce en el entorno de una ganadería, incluidas las de reses bravas, con un pesebre, un establo, una mula y un buey, otro animal vacuno como el toro. Estas dos tradiciones surgen en el mismo medio rural y continúan en el entorno urbano, donde también sus principales  acontecimientos tienen lugar en los mismos recintos.

La Epifanía narra la llegada del hijo de Dios, como el toro fue también un animal considerado una divinidad durante siglos. Ambos ritos concluyen con la muerte de estos ‘dioses’ por el bien de la Humanidad. Los creyentes repiten casi a diario, sobre todo en las fechas consideradas ‘de guardar’, este mismo sacrificio en la Eucaristía, al igual que los aficionados taurinos hacemos cada tarde de corrida.

Los Reyes Magos, además de ser tres como los tercios de cada festejo y los diestros habituales en un cartel, llevaron al portal de Belén ofrendas relacionadas también con la Tauromaquia. El oro, predominante en los trajes de luces, ha sido siempre el símbolo divino, porque es el mineral con un color más parecido al Sol, el primer ente al que el hombre rindió culto.

La ‘Estrella de Oriente’ guio a estos tres representantes del mundo hasta el pesebre, como la luna llena ha iluminado durante tantísimos años a los que querían encontrarse con otro ‘dios’, el tauro, para junto a él alcanzar también el cielo y la gloria de los héroes humanos. «Amar los toros es, cada tarde, a eso de las cinco, creer en los Reyes Magos e ir a su encuentro», como afirmó el escritor francés Jean Cau, que de reaccionario no tenía nada de nada.

No es tampoco casualidad que los toreros sean la mayoría creyentes, porque no sólo esta devoción les sirve para superar el miedo de jugarse la vida cada tarde, sino que también en esta veneración encuentran una satisfacción espiritual similar a la que sienten cuando se pasan los pitones rozando la taleguilla.

La religión ha estado siempre muy ligada con la Tauromaquia, sobre todo la cristiana, porque son dos ritos materiales, pero con una trascendencia espiritual dirigida hacia los sentimientos más fuertes e íntimos del ser humano. «El toreo es un acto de fe en el arte, en el juego y en Dios», como dijo el intelectual José Bergamín, que no era tampoco conservador ni mucho menos, al igual que el ilustrado Voltaire, autor de la célebre frase de «si Dios no existiera, habría que inventarlo». El toreo, por suerte, se inventó hace ya mucho tiempo.

¡¡¡Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo para los aficionados taurinos de buena voluntad!!! 

Texto: Antonio Cepedello