La predisposición para ir a los toros

Antes de que sea el momento, considerar ya el premio para este o aquel protagonista de un día de toros, es algo que pasa en más de una ocasión por la cabeza de quien acude con su entrada en la mano a ocupar plaza en el tendido de un coso taurino.

Y así, conocedores más de los artistas que intervienen en el drama a desarrollar en la arena que del animal bravo, objetivo y razón de la existencia de esta fiesta, el público considera que es mucho mejor el triunfo que el fracaso, la alegría que la tristeza, la diversión que el aburrimiento… a veces se deja a un lado el significado profundo del rito taurino, del enfrentamiento entre un hombre y una res brava para pararla, someterla con mando y torearla con templanza que son los tres hitos clásicos de la Tauromaquia.

No importa que se incumplan las normas establecidas para adoptar una decisión, dando al respetable la decisión final y última de la lidia. Oí a Justo Hernández en la radio cuando le entrevistaban por el indulto de su toro «Figura» generado en Arévalo y decía sentirse muy orgulloso y emocionado, como ganadero, cuando a un toro de su explotación le perdonan la vida tras su comportamiento en la lidia. Verdad es que aunque reconocía no darse todos los supuestos que el reglamento vigente marca, sin embargo, el público es soberano para adoptar esta decisión pidiendo a la Presidencia la exhibición del pañuelo naranja.

Cierto es, y cada vez menos, que nadie va a los toros a pasar miedo y malos tragos con la incertidumbre, la congoja y la superación de dificultades que los toreros arrostran cada tarde en su llamado arte de torear, sino que por el contrario la gente va a divertirse y a constituirse en parte y juez premial de cualquier acto, acción y actitud del torero. No extrañe pues que alguno de los auténticos críticos taurinos como Antolín de Castro escriban que hoy ya se ha perdido aquel «ir a los toros» por el actual «ir a los toreros«.

La historia y el devenir de cualquier acontecimiento es el que es y no otro, por mucho que desde un lugar, medio o tribuna se intente hacer ver a los demás lo contrario.

Sin embargo el código está sin cambiar, vigente, como encauzamiento de la norma que debe aplicarse en esta fiesta de los toros. Y así no porque el público silbe al picador, ya no se deben picar las reses; o porque los subalternos griten, y silben la oreja, también para que se otorgue un mayor premio a sus maestros, o cierto grupo más o menos numeroso de gritones, increpen a la Presidencia de la corrida demandando esto o lo otro, haya que modificar la norma, o los toros no salten al ruedo con sus defensas naturales intactas… cuando lo propio sería rectificar, borrar, eliminar el condicionamiento legal por el que se rige y regula esta actividad taurina. Y así con dejar que impere la anarquía adaptable, sería la manera que todo acabaría antes, para gusto de los antitaurinos.

Ir a los toros es una fiesta, tiene que ser una fiesta, sobre todo para los espectadores, que pueden ver a un hombre vestido de luces someter con arrojo, gracia y belleza la embestida de un toro bravo, pero haciéndolo siempre con sinceridad y la verdad por delante, pues de otra manera con embrollos interesados la engañifa y la mentira son más que evidentes. Algo así como la vida misma

Escrito por Jesús López Garañeda

Foto: José Salvador

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