La leyenda del toro bravo y el Mayoral

Casi las siete la mañana, todavía de noche, y ya por entre las encinas bien pertrechao, que los inviernos en la sierra son duros y fríos.

No hay más remedio, es tiempo de “pariera” y, aunque sepa las vacas que están “preñás” y a punto, nunca sabes dónde a podío parir a esa futura madre de sementales; a ese becerro que un día pudiera ser el más bravo de los bravos, y hacer con su bravura realidad el sueño de algún torero haciéndolo salir por la Puerta Grande del Toreo.

Es invierno, duro, muy duro; y frío, terriblemente frio, pero hay que estar pendiente… ¡¡¡Es cuando nacen las vacas y los toros bravos!!!

Ya está ahí, mírala. La vaca se me “encampana” y, de pronto corre, es una carrera de protección, no de miedo. Está queriendo que no veamos a la cría que ha nacío esta madrugá de tres de diciembre. Qué fecha más torera pa que nazca un toro; porque efectivamente es un macho, perfecto, sano; tanto, que al arrimarme, apenas sin tenerse en pie, se ha venío contra mi pierna a toparme, con su pequeña testuz…

Pero no todo sale como uno quiere. Ocho meses después, aquella vaca, madre de aquel becerro de diciembre, amaneció muerta dejando en herencia para su última cría, el nombre: ”Trapío” se llamaba ella, por lo guapa y bien echa que estaba, y “Trapio” se llama él, que ya veremos lo que da cuando crezca; de momento, apunta “mu güenas” maneras.

La madre siguió reproduciéndose después de muerta, porque siguiendo las leyes naturales de la sierra y la dehesa, sirvió de pasto pa los buitres y otros carroñeros que más tarde dieron vida al campo y a sus verdes, y flores nuevas. Ahora, cuando voy a caballo como mayoral de toros bravos y veo la flor más bella de entre las flores digo: ¡esa es de mi “Trapio”, lo mismo que mi becerro!

…Y “Trapío” creció, sin su madre, pero en el cortijo todos lo hicimos un poco nuestro hijo, particularmente yo.

Ocho meses tenía cuando amaneció su madre muerta, y todavía estaba todo por hacer y mucho que criar. A base de biberones gigantes, campo y piensos más tarde, aquel becerro se convirtió en el más bien hecho de los “utreros”.

A compás, y al mismo tiempo que su anatomía crecía, fue creciendo mi cariño por él, y mi pena, de pensar que en un año lo estaría embarcando pa la Maestranza de Sevilla. Me sentaba al pie de su encina y “Trapío” venía a consolarme porque me sabía triste, e intuía mis pensamientos y sentires:

– Trapío, sabes que el año que viene te llevo a la Maestranza y no quiero. Estoy pensando hablar con el ganaero pa que te deje aquí aunque no sirvas pa las vacas.
– Ni se te ocurra Mayoral. Yo voy a servir pa las vacas y lo voy a demostrar donde hay que demostrarlo: en la plaza, y si no vuelvo, déjame al menos morir donde tiene que morir un toro bravo. No me quites ese privilegio.

Llegó la fecha: día de farolillos en la feria de Sevilla, y mi corría en los corrales. Las 12 del medio día, sorteo: en cuarto lugar “Trapío” número 57 de 533 kilos de peso. Negro.

Verónicas majestuosas pa recibirlo, embestidas de una clase desmedida; los óles tronaban el aire. Tres varas, la última casi en el centro del anillo, cabeza cogiendo abajo, sin despegarse, los riñones metíos, el picaó sin trampas, la gente loca, qué toro más bravo, qué categoría. Con los palos presto, fijo en el hombre y esos dos banderilleros: tres pares de monterazo. Y llegó la hora de la verdad, qué faenón con la muleta, qué manera de toreá, qué nobleza y bravura en la forma de embestir. Imposible mejorar aquella obra de arte. El torero que se cuadra apuntando a las agujas, y la plaza que se pone blanca de pañuelos y el Presidente, que sin pensarlo, saca el suyo naranja, y “Trapío” pa la dehesa.

Salí a la plaza bien vestío de corto, con mi sombrero en la mano, “Trapío” al verme se me acerca y los dos al paso, no fuimos pa chiqueros, y de camino me decía: ya tienes semental por derecho propio, Mayoral.

Hoy los dos estamos viejos, y en su encina, aquella en la que me pidió que lo llevara a la plaza: hablamos y hablamos y hablamos, hasta que el destino quiera.

Escrito por Juan Luque