La dureza y la incomprensión al sentir el hierro

Este fin de semana ha sido pródigo en manifestaciones, denominadas paseos taurinos por los convocantes, en muchas de las capitales de España y en pueblos y ciudades de la geografía.

En ellas se ha reivindicado la Fiesta de los toros con mayor o menor acierto, con mejor o peor organización,  pero siempre poniendo por encima de todo el interés general del grupo taurino y de un ramillete de activos e ilusionados organizadores de la plataforma «También somos cultura» que se mueven en la tradición, la historia y la grandeza de la Tauromaquia. Aquí en Castilla y León, Salamanca marcó una pauta el viernes 11 de junio al congregarse en su plaza mayor un número amplio de figuras profesionales del toreo junto a ganaderos, empresarios y  aficionados, clamando por la justicia de su vocación en un grito al diablo que se espera no caiga en saco roto.

Salamanca en su grandeza es la representación sin duda ninguna de este variopinto y desangelado, hasta la fecha, mundo taurino, sobre todo a raíz de sentir el hierro y crecerse como buen toro bravo ante el castigo, pero sin haber sido capaz de haber visto antes, cuando las barbas del vecino vieron pelar y no pusieron las suyas a remojar. No vieron pelar las barbas de una pequeña población de nuestra región, Tordesillas, que mantenía como hito taurino un festejo tradicional, famoso y único que se llamaba «Toro de la Vega», rito histórico singular en el que aún pervivía la vieja suerte taurina de la lanzada.

El manto de buenismo que cubre de un tiempo a esta parte cada vez más a la sociedad impedía a muchos ver ese festejo como la piedra angular de la Tauromaquia, vestigio del ayer, reliquia antropológica única que era rechazada muchas veces alegando barbarismo, sufrimiento, dolor y maltrato a un toro bravo. Quienes conservaban fielmente esta singularidad taurina fueron apartados y despreciados de alguna forma por sus apoyos del contradiós.

Y así no extrañaba ver a toreros de fama criticando, despreciando y rechazando el festejo por entenderlo distinto, diferente, del suyo, incluso ganaderos que no querían ver sus reses corridas en las calles con el sambenito del «Toro de Tordesillas». Esa lucha despreciable sacrificando al menor de sus santuarios taurinos, el de Tordesillas, en aras a las protestas inmisericordes e interesadas porque sabían lo que vendría después, más tarde o más temprano, como ahora mismo se está viendo y comprobando y que al dejar caer este sacrificio tradicional pensaban que la calma volvería a su mundo taurómaco, pues con ellos no iba la cosa.

En estos momentos, y a raíz de la trágica crisis sanitaria originada por el virus que vino de China y que ha causado muertos y afectados incontables en nuestra sociedad, además de una crisis económica de proporciones descomunales que ya se irán viendo y padeciendo en el futuro inmediato, los profesionales taurinos alzan la voz al ver el desamparo en el que se encuentran: El sector de ganaderías bravas, olvidado; el de los toreros, olvidado; el de los subalternos, olvidado; el del público, olvidado; el de la dehesa campera, olvidado; el del toro bravo, olvidado. El de la Tauromaquia, despreciado. Al menos en esta ocasión permanecen unidos, dispuestos, compenetrados y con cierta esperanza que no debe diluirse por las luchas internas.

Es un momento duro, complicado, difícil, lo que da muestra al sentir el hierro del desprecio y del olvido. Por eso el sector tendrá que rearmarse con ideas, acción, deseos y actuaciones si quiere subsistir en la vida de España.

Escrito por Jesús López Garañeda

Foto: Rubén Torres