¡¡¡ La antitaurina eficacia !!!

  • Artículo de opinión de nuestro compañero Antonio Cepedello sobre la suerte suprema en el toreo

La eficacia es un criterio que va en contra por completo del toreo, porque es un arte milenario, y en ningún arte puede primar esta circunstancia. Y menos aún puede serlo en el momento de la suerte suprema, porque es cuando se culmina la maravillosa y bellísima obra que componen el encuentro de un animal tan fuerte y bravo como un toro, junto a otro ser más inteligente, débil y sensible como el humano. Una danza entre la vida y la muerte que nos sublima a los aficionados taurinos.

Por todo ello, se me revuelven las tripas cuando escucho a alguien decir barbaridades como que «da igual que la espada haya caída baja, atravesada o trasera, si al final será efectiva y hará caer al bicho, aunque sea con un gran derrame y vómitos de sangre y degollado».  Vamos, que por esa inadmisible razón, mejor sería que le pegaran un tiro al animal y así caería fulminado al instante. Pero, los principios de la Tauromaquia deben estar siempre por encima de todas estas opiniones, respetables por supuesto, pero que atentan contra los valores fundamentales de nuestro rito legendario. Y uno de estos ‘mandamientos’ principales es el de buscar la muerte más digna posible del toro y que el torero muestre su valentía para derrotar a su colaborador, nunca su enemigo, en esta manifestación artística.

Justificar una estocada mala, traicionera, cobarde, ventajista y no sé cuántos adjetivos negativos más, es cargarse la base del toreo. La misma lógica nos indica que nuestra parafernalia se convierte en absurda si sólo tenemos en cuenta la eficacia. Para qué vamos a dedicar casi media hora y a un grupo de al menos 6 hombres, que además ponen en peligro sus vidas, para sacrificar a un animal. Si en sólo unos minutos, y sin poner en riesgo a nadie, se conseguiría lo mismo en cualquier matadero. Por todo ello, habría que condenar tanto a los espectadores y falsos taurinos que fomentan este criterio en todas las facetas de la lidia, pero sobre todo en la suerte considerada suprema, y sobre todo a los diestros que la aplican en su labor en el ruedo.

Los trofeos para mí nunca significaron mucho, porque prefiero quedarme con la visión, los recuerdos y los sentimientos provocados por cualquier lance en el albero, pero es un atentado conceder, aunque sea sólo una sóla oreja, con una espada mal colocada, al igual que también se deben dar por sólo una bien ejecutada. Por desgracia, ocurre todo lo contrario, y cada vez más, lo que es más preocupante todavía. Y ya da igual que la mano se vaya baja o trasera. Lo único que importa, al público y, lo peor, a muchos presidentes de festejos, es que el animal caiga cuánto antes mejor. Sea como sea, aunque ello suponga que se repita la indeseable imagen de una res vomitando sangre a borbotones.

Los amantes de la Tauromaquia no podemos permitir que se viole de forma cada vez más asidua el principio de igualdad en la lucha heroica entre el toro y el torero. El diestro tiene que jugarse la vida a la vez que el animal, por lo que al entrar a matar debe volcarse entre los pitones para intentar colocar lo más arriba posible la espada, con el objetivo no de matarle, sino de derribarle, al dañar el canal de su médula situada en su espina dorsal. Esto sí que hace grande el arte de Cúchares, y lo justifica ante los que no son aficionados y antitaurinos. Lo contrario, no. Y ello no supone llevar al matador a un suicidio, porque existen excepciones cuando esta ejecución no sea posible. Pero sólo eso, excepciones, y no lo habitual como, por desgracia, ocurre ahora.

Lo mismo sucede en otras facetas y lances de la lidia, porque no se puede admitir que se toree hacia fuera o colocado al hilo, donde se encuentra el ángulo muerto de visión de los toros, aunque le resulte más eficaz al torero, tanto para su integridad como para lograr falsos y fáciles triunfos, al provocar los aplausos de un ingenuo e incauto público. Las faenas también deben basarse en la igualdad de condiciones para los dos contendientes, por lo que el diestro está obligado a cruzarse delante de la cara del animal, para que pueda ser bien visto por éste, y así muestre su valor, astucia, capacidad y destreza para llevarle, mandarle y dirigir sus embestidas con la muleta y el capote, aprovechando que la res no tiene la capacidad de distinguir entre su cuerpo y estos trapos. Y cuánto más cerca se traiga esas acometidas, más meritorios y bellos son esos pases que componen la danza más vital, arriesgada, dura y a la vez excelsa de la historia de la Humanidad.

La hipócrita y farisea eficacia la utilizan como justificación y excusa los que quieren el triunfo traicionero del diestro, tanto para llenarse los bolsillos cuánto antes, como para sentir el éxito lo más rápido posible. Unos para engañar y los otros para engañarse a sí mismo. La belleza, el valor, la igualdad, la equidad, la dignidad o la honestidad son criterios sagrados de la Tauromaquia, que deben volver a imperar lo antes posible.  ¡¡¡Qué así sea!!!