- Artículo de opinión de nuestro compañero Antonio Anaya Marín
Hay cosas en nuestra fiesta que se dan por buenas y que los aficionados de forma rutinaria no reparamos en ellas.
Tampoco los taurinos profesionales. Son cuestiones que inciden de manera mucho más importante de lo que creemos en el desarrollo y la permanencia de los toros y en el fomento de la afición. Una de ellas es la presidencia de las novilladas. Partimos del reconocimiento a la difícil labor de un presidente y el mérito que supone dirigir adecuadamente un espectáculo taurino.
En los pueblos y ciudades pequeñas, y sobre todo en novilladas sin y con picadores, más en las primeras –dejamos las clases practicas que son otra cosa- ocurre con harta frecuencia que ejercen de presidentes, al menos simbólicos, alcaldes o alcaldesas y concejalas o concejales. Son los que algunos aficionados llamamos presidencias ficticias o de adorno.
Salvo excepciones, que las hay, sólo están ahí en realidad para figurar ante el público, como protagonistas y con un punto de exhibición, para atraer votos y supuestas simpatías. Suelen dirigir la lidia y mover los pañuelos, de forma un tanto autómata y acorde con sus escasos conocimientos taurinos y se suelen regir por lo que el asesor de turno, aficionado o taurino profesional, les van indicando en cada momento de la lidia. Y si el público más jaranero y triunfalista pide más trofeos, abandonan los consejos de los asesores y sacan todos los pañuelos posibles. Viví un caso en que el ficticio presidente sacó momentáneamente el pañuelo azul para conceder los máximos
trofeos a un novillero, hasta que el asesor le corrigió.
Es frecuente ver como estos presidentes, generalmente políticos locales, se distraen de la lidia y se dedican a observar lo que ocurre en el resto del coso taurino, ajenos a lo que pasa en el ruedo. Presencié, también es este un caso real, como el torero estaba debajo del palco pidiendo permiso y saludando al presidente, mientras este se
encontraba pendientes de lo que ocurría en algún tendido o entre barreras, más sustancioso para él, ignorando lo que ocurría justo debajo del palco. Un toque en el brazo del asesor correspondiente y una llamada de atención lo devolvía a la realidad, aunque un tanto perdido.
Con este tipo de presidentes no faltan tampoco algunos profesionales que se crecen y se dirigen a la presidencia, como si estuviesen a su servicio, para exigir ostentosamente determinados trofeos y ordenar ellos la lidia, el tercio de banderillas, e incluso hay quien exige la vuelta al ruedo de alguna res, cuando ni de lejos lo merece.
En un festival sin picadores pude ver y escuchar como un conocido torero se puso bajo la presidencia y dijo: “para mi las dos orejas y el rabo y al novillo la vuelta al ruedo”. Un aficionado, con localidad cercana a la presidencia, le recriminó de forma contundente y el torero se fue muy enfadado.
¿Qué necesidad hay de estas cosas? Todo esto, en el fondo y en las formas, puede contribuir al descrédito de nuestra fiesta. Hay un sector de taurinismo y de comunicadores e informadores que se apuntan a un equivocado triunfalismo y piensan que hay que dar siempre el máximo número de trofeos y premios, porque así se
revitaliza la fiesta, cuando si lo pensamos con un poco de sentido común, eso redunda en desprestigio y produce efectos negativos e indeseados rayando a veces en cierta guasa en los tendidos, que no toman en serio los premios.
Los alcaldes y concejales está muy bien que inviertan y trabajen por y para la fiesta, sobre todo en las ferias de novilladas, certámenes, etcétera, en las que deben asumir la máxima responsabilidad en la programación y organización de los festejos. Sin embargo determinados menesteres, como las presidencias de las novilladas e incluso corridas de toros, deben dejarlos para quienes pueden ejercerlos con verdadero conocimiento de causa.
Como aficionado pienso y creo que los festejos taurinos, especialmente las novilladas sin picadores, hay que cuidarlos y protegerlos de las faltas de rigor en su desarrollo. En ello se incluye también un arreglo en los pitones de los novillos estrictamente legal y por tanto mínimo.
Tanto las novilladas sin picadores, como los festejos con picadores, merecen que todos los aspectos de la lidia sean cuidados al máximo. Muchos de sus espectadores son muy jóvenes y posibles aficionados en el futuro, y es preciso que tengan, para ello, una formación adecuada. De ahí que debe de haber un desarrollo correcto y unos resultados que no sirvan nunca de chanza sino que sean justos, sin que ello suponga tampoco el rigor de plazas de primera, pero si se observe un mínimo de seriedad.
Menos aún se trata de engañar a los toreros más jóvenes y tanto la dirección de la lidia como la concesión de trofeos deben hacerse con seriedad y ajustados al máximo a la actuación del novillero y a las cualidades del novillo. No olvidemos que las novilladas son la base de la fiesta y los cimientos de su futuro, y estas no pueden ser un espectáculo en el que poco en él sea tomado en serio. Al contrario. Por suerte hay también lugares y festejos donde esas presidencias son reales y serias.
Si los políticos quieren estar presentes de una forma destacada que habiliten palcos o lugares resaltados en las plazas de toros, pero que no se suban, si no tienen verdadero conocimiento de los toros, a los palcos de las presidencias que deberían ser respetadas al máximo.
Por eso pedimos que ejerzan de presidentes aficionados de reconocidos conocimientos, no estaría mal obligar a tener cursos para ello, y si es posible con un poco de experiencia, que sepan de toros y de sus reglamentos y que lejos del ego y del afán de protagonismo de algunos políticos, contribuyamos todos al fortalecimiento, prestigio y permanencia de nuestro inigualable arte de la Tauromaquia. Cuidándola lo conseguiremos.