- Artículo de nuestro compañero Antonio Anaya Marín
Una llamada y una decisión rápida, tras la invitación de un buen amigo. Tramos serpenteantes de carretera y llegamos a Siles, donde todo el romanticismo de la fiesta de los toros se desplegará y se hará realidad de forma intensa. Se trata del Certamen Interprovincial de novilleros sin picadores. El contraste con ese sector de la fiesta tan desagradable en los toros y que debería desaparecer, es inmenso. Allí, por el contrario, todo huele a verdad, a
pureza taurina.
Nuestro amigo nos espera con el cariño de siempre y con ese brillo en los ojos de quien sabe que su obra, como organizadores, está casi realizada esa tarde de toros, pero falta la hora de la verdad… cuando los clarines y timbales anuncien el comienzo del ritual único y sagrado de la tauromaquia.
Encontramos a los toreros, chavales, en el polideportivo municipal preparando lo necesario para vestirse de toreros, alguno con dieciséis años… Desde una distancia prudencial, sin molestarles, vemos las zapatillas, al lado las medias, muy cerca el vestido, un poco más allá la montera, la camisa, la faja y el corbatín… y recién puesto el calzón protector, la segunda piel del torero. La escena se desarrolla con parsimonia y detenimiento.
Es pronto y no hay prisa y el ceremonial también es preciso. Todos, correctos y educados, quieren ser y son agradables. No se sabe muy bien si sus rostros, casi de niños, están distraídos o concentrados en el toro, pero en todo caso ellos están en sus cosas, con sus sueños, sus retos, sus metas allá en lontananza y sus ilusiones a flor de piel… unos más pálidos que otros, unos más risueños que otros… Nadie parece darse cuenta del calor del recinto. Demasiado trivial para ellos eso del calor.
En la bella y especial plaza serrana cinco bureles, erales, por más señas, les esperan. El sol cae a plomo en las afueras de un coso que no tiene patio de cuadrillas, cuando van llegando, uno a uno, ya vestidos de toreros -ahí es ná- a las puertas de la plaza: azul, grana, blanco, verde, burdeos… plata, oro, azabache con los cabos a juego y a su gusto, o más bien como hayan podido. Algunos sonríen tímidamente, otros evaden las miradas de curiosos y
aficionados, a la vez que se empiezan a liar con el capote de paseo, con la ayuda apropiada.
Apenas nos atrevemos a interrumpir esa maravillosa película hecha realidad en ese momento. La estampa es casi de otra época. Pedimos, casi susurrando, con miedo a romper la maravillosamente escena, una foto con nuestro torero: Alfonso Morales. Esa tarde si teníamos un torero y nos parecía casi un sacrilegio lo de la foto… tanto que no sabemos si él se dio cuenta o estaba en otra cosa mientras nosotros dos le rodeábamos y nuestra amiga,
magnífica fotógrafa, sacaba esa imagen que guardaremos siempre.
La plaza está llena a rebosar mientras las cigarras cantan y los enormes pinos se asoman al ruedo para no perderse la magia de la lidia y el toreo de esos novilleros sin picadores que forjan, tantas tardes, los cimientos del futuro y que algún día ese futuro será el presente del mejor toreo.
La música suena y un paseíllo, con paso firme, pero algo desordenado se pone en marcha. Huelen los ramitos de hierba buena que el público de los toros lleva para sus toreros y que mantienen esperando el momento del triunfo.
A lo largo de la tarde y en general, unos buenos novillos de Martínez Campos van saltando al ruedo, mientras profesores y directores de las escuelas apuntan y dan consejos desde ese callejón, un tanto peculiar, tanto como la plaza misma. Los novilleros sin desatender a sus maestros intentan imponer su propia personalidad que mañana puede llevarles a la gloria.
Uno de ellos saldría a hombros y los demás a pie aunque varios de ellos con trofeos… Hay que corregir defectos, insistir en lo positivo que es mucho y afinar más, sobre todo en aquello tal difícil de la suerte suprema. En ese momento crucial, cuando se perfila y está ante esa enorme soledad del toro, frente a frente, al novillero y este tiene ante si la cabeza y los pitones, un maestro le dice una frase inmensa a ese torero que sin duda lo será y grande:
«lo que ves ante ti no son dos pitones, son dos plátanos… ¡vamos!» y nuestro valiente torero cobra la estocada, aunque el toro tarda en caer.
Antes, Alfonso Morales, nos ha dejado en el ruedo una muestra de su enorme arte, de su gran clase, de su elegancia, como mandan los cánones, y de ese toreo que ya es realidad: el toreo eterno, el de siempre, el que permanecerá para siempre.
El triunfo de unos, la desilusión de otros y el inconformismo de la mayoría se refleja en las caras de casi todos mientras emprenden camino del «hotel», o sea del polideportivo municipal. Uno de ellos pronto debutará con caballos y entrará en ese limbo tan sumamente injusto, dramático y desigual para intentar sumar novilladas y llegar al escalafón superior.
Conversaciones, recuerdos, abrazos y nuestro torero, ya vestido de calle, se despide de nosotros, mientras lo coches, ya muy de noche, poco a poco emprenden el camino de vuelta a sus lugares de origen.
La Escuela de Jaén, la provincial, ha dejado una vez más en Siles, como en tantos lugares, el sello de la afición, del trabajo bien hecho, del esfuerzo, de la organización perfecta y sobre todo del amor por la fiesta y la entrega a su ramillete de toreros más punteros, que son de mucha valía, por cierto… Gracias por vuestra gran labor.
Al alejarnos, el olor a hierba buena y romero nos despide, mezclándose en nuestra mente con naturales y redondos, y con el aroma del toreo de todos los novilleros y en especial el de Alfonso, nos renueva nuestra afición a los toros y nos abre un esperanzador futuro.
¡Abran paso que vienen toreros…!
Texto: Antonio Anaya Marín
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Fotos: Nines Ortega/Antonio Anaya