- Artículo de opinión de nuestro compañero Antonio Anaya Marín
El domingo 27 de septiembre me dispuse, en casa, a ver la novillada final del certamen «Guadalajara busca un torero». He visto bastantes esta temporada por televisión —por problemas de salud circunstanciales, todos los toros los veo por televisión este año— y los aficionados que seguimos y apoyamos la base de la Fiesta de los Toros, fundamental e imprescindible para su futuro, no siempre quedamos satisfechos con lo que vemos. Tampoco podemos apreciar todo lo bueno que quisiéramos y, a veces, nos decepcionamos con la selección o la clasificación de los novilleros sin caballos.
Otras tardes, no muchas, hemos podido ver algo que nos hace confiar en que hay suficientes mimbres, muy buenos, en esta cesta de las novilladas sin caballos que constituye los cimientos de nuestra Fiesta.
El día señalado pudimos ver destacar a un novillero, de la Escuela de Galapagar, con todas las cualidades innatas y las virtudes adquiridas necesarias para constituir una de esas bases sólidas del futuro de los toros.
Había visto muchos vídeos de él y quería verlo en directo, aunque fuese por televisión. No solo no me defraudó, sino que albergó, en mi humilde corazón de aficionado, grandes esperanzas y una razonable ilusión.
Con dos novillos totalmente diferentes, daba la sensación de saber muy bien lo que tenía que hacer. A cada uno de sus erales le dio la lidia apropiada y lo fue desgranando todo paso a paso. Se arrimó con esa clase especial, para pasarse y dejar pasar al novillo muy cerca, dando siempre el pecho metiendo riñones, cargando la suerte y templando… Casi nada.
Se cruzaba y se colocaba, la mayoría de las veces, en ese sitio de la verdad donde la emoción surge y la Fiesta recobra su sentido.
En el segundo novillo no se inventó la faena, como ahora se dice. Simplemente la descubrió y puso en práctica sus recursos naturales, sus humildes conocimientos y, seguramente, el consejo de sus maestros. Y le salió de máximos; por momentos y en muletazos, a lo largo de la lidia de sus dos novillos, dibujó un toreo excelente.
Mostró mucha verdad en su concepto del toreo y el arte, natural, sencillo y sin estrambote alguno, surgía como el agua de un surtidor claro, fresco y transparente.
El triunfo fue apabullante y se llevó el trofeo a casa sin la más mínima duda.
No soy muy dado a dar consejos, y que no se lo tome como tal, pero hay algo que sí quiero decirle a Luis Izaguirre —este es su nombre—, algo que valdría para todos los novilleros: que nunca deje de pisar tierra firme; que sueñe, sueñe mucho, pero sin dejar de ver y sentir la realidad y la dureza de este camino que ha emprendido.
Es el camino más bonito del mundo, pero no está exento de dificultades y peligros, como tantas cosas en la vida. Que lo recorra siempre disfrutando y siendo feliz de su trayectoria como novillero sin caballos.
¡Que la enhorabuena, tan merecida, la reciba con esa humildad que nos demostró el otro día!