¡¡¡ El difícil camino de ser torero !!!

  • Artículo de opinión de nuestro compañero Antonio Anaya Marín

Ser torero no es cosa fácil. No es, desde luego, un camino de rosas. Y, sin embargo, hay que aprender a disfrutar de ese camino, de cada paso, de cada sacrificio y de todo el romanticismo que lo envuelve. Si un joven novillero no disfruta mientras recorre ese largo e intenso sendero, difícilmente llegará lejos. He ahí el contrasentido: tratar de ser feliz mientras se transita por un camino que, muchas veces, resulta áspero y duro. Pero es así.

Hace poco más de un año, un joven novillero me decía, cuando le preguntaba por su vida personal, que su vida era el toro y nada más. No echaba de menos ninguna otra cosa. Solo necesitaba al toro y torear para ser feliz.

Ser torero no es alcanzar un grado, obtener un doctorado o completar un máster al uso. La tauromaquia es un arte inigualable: el arte de lidiar al toro en medio de una impresionante liturgia y de un romanticismo difícil de encontrar en otras manifestaciones artísticas. Es, además, una obra efímera. Y precisamente por eso, única. Nace y muere en la plaza, en unos minutos irrepetibles, aunque ahora pueda quedar detenida en la memoria de una cámara y conservarse de mil maneras.

Ser alumno de una Escuela de Tauromaquia y comenzar esa carrera supone adentrarse en un aprendizaje duro y en un entrenamiento intenso. La disciplina —con uno mismo, con los demás y, sobre todo, con el toro— constituye una de las bases esenciales para llegar a ser torero. Después, el trabajo y el esfuerzo habrán de poner lo demás. Hay que trabajar con constancia, con dedicación, con entusiasmo. Y, para hacerlo, hay que amar profundamente al toro y al toreo.

En el toreo se aprenden la técnica, los recursos, los terrenos y determinadas formas. Pero también creemos que hay que nacer para ello, del mismo modo que se nace con una sensibilidad especial para otras artes importantes. El aprendizaje puede pulir, ordenar y perfeccionar; pero hay algo que debe venir de dentro.

No tardarán en llegar los contratiempos. Las tardes de clase que no salen bien. Las novilladas en las que nada resulta como se había soñado. Y entonces habrá que corregir, volver a corregir, perfeccionar, insistir, superarse… Trabajar y modelar ese arte que, en buena medida, ya vive dentro.

No servirán las malas rachas ni las disculpas. Tampoco las quejas ni la costumbre de echar balones fuera. Todo eso no hace sino entorpecer el camino, dificultar la recuperación de lo perdido y prolongar la estancia en ese compartimento estanco en el que, a veces, uno puede quedar atrapado.

Y todo ello, además, disfrutando con el novillo, por atravesado y duro que se presente; gozando, con cordura, del sendero por el que se transita. Porque también ahí vuelve a aparecer el contrasentido: sufrir el camino y, al mismo tiempo, amarlo.

Habrá, además, grandes desilusiones. Y llegarán cosas que el novillero quizá ni siquiera comprenda. Serán las propias injusticias que, en los toros como en la vida, aparecen con demasiada frecuencia, aunque nunca deberían hacerlo.

Y todo este conglomerado de esfuerzos, dudas, ilusiones, desengaños y decisiones se produce, además, a una edad especialmente difícil: la preadolescencia, la adolescencia y esa primera juventud en la que uno empieza a buscar su lugar en el mundo sin haber terminado todavía de conocerse a sí mismo.

Es tan complicado que habrá momentos para todo. Incluso para pensar en tirar la toalla. Incluso para tomar decisiones equivocadas. Aparecerán muchos cantos de sirena que habrá que saber escuchar o ignorar. Llegarán consejos y más consejos. Aparecerán familiares directos y no tan directos, amigos, que opinarán de todo sin conocer apenas nada. Surgirán intereses particulares, intereses comerciales y, en medio de todo ello, el joven tendrá que aprender a distinguir, a reflexionar y a tener muy claras sus decisiones después de haberlo meditado todo mucho, mucho.

Por todo esto, por lo difícil que es ser torero, siempre exijo respeto en la plaza. Respeto de los aficionados y respeto también en los ambientes taurinos hacia quienes empiezan; hacia esos jóvenes que, en medio de este cúmulo de circunstancias, de dificultades y de incertidumbres, son capaces de ir tejiendo, poco a poco, una base sólida sobre la que sostenerse, crecer y mejorar. Ellos son también quienes habrán de mantener viva la Fiesta, garantizar su continuidad y cuidar de su futuro.

Un aficionado que se precie debe estar pendiente de los novilleros sin caballos. Debe conocerlos, seguirlos y apoyarlos siempre que pueda.

Es una de nuestras obligaciones más importantes. Y también, quizá, una de las formas más hermosas de devolverle algo al toreo.