- Artículo de opinión de nuestro compañero Antonio Anaya Marín
Las novilladas sin caballos siempre tienen interés para un aficionado que se precie. El sábado pasado (11 de Julio), en Linares, plaza histórica donde las haya, se anunciaba uno de los mejores carteles —si no el mejor— de este año dentro del Certamen de Novilladas sin Caballos de Canal Sur y la Federación Andaluza de Escuelas Taurinas, con varios novilleros más que interesantes.
Me acomodé ante el televisor —un problema de salud me impedía acudir personalmente a esa ciudad minera y andaluza—, convencido de que íbamos a disfrutar de una buena tarde de toros en el más que mítico coso linarense.
Sabía la enorme ilusión que le hacía a uno de los novilleros hacer el paseíllo allí, aunque, en realidad, todos o casi todos sentirían algo parecido. En el caso de Pedro de la Hermosa, me lo habían asegurado. Llegaba como «invitado» de la Federación Andaluza de Escuelas Taurinas a este certamen.
Lo que no imaginaba era que Pedro de la Hermosa pusiera de acuerdo a todo el público, más de media plaza, sobre cómo se viene a una plaza como esta, cómo se afronta un certamen de esta categoría y, sobre todo, cómo se torea.
No había en él una actitud exagerada ni artificial. Había dominio de la situación, conocimiento de las cualidades y defectos de un novillo excelentemente presentado y, desde el comienzo hasta el final, una constante exhibición de naturalidad, torería y verdad.
Contagiaba ver cómo creía en sí mismo y en sus posibilidades; cómo toreaba sin ventajas, aceptando incluso los errores propios de un arte como este, que se crea en cada instante y se improvisa. Aquí no sirven las faenas prefabricadas ni dar pases y más pases como si las muletas llevaran un contador de muletazos y hubiera que alcanzar un mínimo.
Por eso Pedro de la Hermosa hizo una faena medida, adecuada y ajustada al novillo, adaptándose en cada momento a la evolución del burel. Demostró inspiración, facilidad, torería y valor mientras parecía decirnos: «Esta es mi obra esta tarde». Y la rubricó con una estocada.
Pocas veces, incluso tratándose de figuras del toreo, se presencia una actuación tan rotunda nacida de un novillero. Muy pocas. Capote, quites, banderillas —con las que levantó al público de sus asientos—, muleta y espada. Con mucho menos he visto esta pasada Feria de San Isidro abrir la Puerta Grande de Madrid e incluso pedir el rabo.
Lo que vimos aquella tarde, y por lo que el público pidió de forma unánime, entre un clamor, los máximos trofeos, representa una esperanza para el futuro de la Fiesta. Las novilladas sin picadores son sus cimientos, las vigas maestras sobre las que debe asentarse el futuro de la tauromaquia. De ahí la importancia de cuidar estos festejos y, sobre todo, de realizar una correcta selección de quienes empiezan, evitando atajos innecesarios que no siempre benefician a nadie.
Pegar pases no es torear, y aplicar una técnica hasta el exceso tampoco es el toreo, ni mucho menos. Pedro de la Hermosa nos mostró ese sábado lo que puede y debe ser una parte muy importante del futuro de la Fiesta, y lo demostró sobre el albero.
Como aficionado, me siento orgulloso de haber visto a un torero que comienza con esa entrega y esa concentración en la creación de una obra de arte tan personal como es el toreo. Cada uno tiene su estilo y su sentimiento. Hubo varios novilleros que rayaron a buen nivel, pero hoy, sin embargo, destacamos al torero de la Escuela Taurina de Guadalajara.
