EL DOMINICAL

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Domingo, 26 Noviembre 2017 17:25

El origen de la muleta

Escrito por  Fernando García Bravo

La invención de la muleta se remonta a los tiempos primitivos del toreo, en sus inicios era un capotillo que se arrollaba al brazo izquierdo del lidiador y se utilizaba para llamar la atención del toro y marcarle la salida

Si bien las primeras muletas se remontan al último tercio del siglo XVII, con objeto de desviar al toro de su viaje natural y evitar las cogidas, además de poder matar al toro de frente. Su tamaño varió mucho. Las primitivas fueron pequeñas y airosas y de cualquier color, hechas de lino, cáñamo o algodón, y como objeto el indicado, esto es, desviar al toro de su viaje, y con un ligero movimiento del «trapo», no ser arrollado y a la vez poder vaciar la embestida del toro y sacarle de la jurisdicción. Ya mediado el siglo XIX comenzaron a agrandarlas. Muchos historiadores dan como veraz la noticia arrastrada, dato que publicó Nicolás Fernández de Moratín en su Carta histórica, en dar la paternidad de su creación a Francisco Romero (padre de Juan y abuelo de la saga de los Romero, entre los que destacó Pedro), afirmando que el repetido Francisco Romero «fue de los primeros que perfeccionaron este Arte, usando de la muletilla…», y estas palabras de Moratín, interpretadas sin rigor por tratadistas posteriores, han convertido a dicho diestro de Ronda, de uno de los primeros, en el primero de todos. Esta noticia está muy divulgada; pero no existen pruebas fehacientes de ello, ni tan siquiera que Francisco Romero fuese torero. Y es más; negamos, si hubiera existido tal toreo, que fuera el inventor, o al menos dudándolo mucho, pues todos los historiadores convienen en que Francisco nació en Ronda hacia el año 1700, y, sin embargo, en la Cartilla en que se notan algunas reglas de torear a pie… obra conocida como la Cartilla de Osuna —tratado manuscrito del siglo XVII escrito en verso y en prosa— ya se habla de la muleta y se explica su uso en la regla XVI, que dice así: Es la suerte más extraña la que un país no se usa, pues mi afición no la excusa para quien tuviese maña: pues a ninguno daña que es con un lienzo llamar al toro, y con esta acción se logra la perfección en el modo de torear. Y agrega: «Lo vistoso de esta suerte es ser solo por su ejecución con un lienzo blanco lo que con una capa, concurriendo las mismas circunstancias que en las demás suertes; solo si es preciso ponerse más cerca, por el menor ámbito que tiene el lienzo que la capa…» Pues bien; este lienzo blanco al principio no era otra cosa que la muleta primitiva, y, así, lo describe igualmente Eugenio García Baragaña6 , primer tratadista que escribió una tauromaquia para los toreros de a pie. En referencia a la muleta dice: «Hay una suerte muy vistosa, aunque muy poco usada que llamamos a ley, que es un lienzo blanco en vez de capa; sirve ésta para burlar al toro, como para matarle (…). Cuando se hace con capas dicha suerte (…) se debe procurar que la estocada se la meta por la espaldilla —es decir, bajonazo— aunque más vistosa entre las astas». Sin duda, por lo aclarado del tratadista, hasta la mitad del siglo XVII solamente se usaba la muleta para estoquear a la res y se usaba indistintamente la capa, seguramente liada en un palo a guisa de muleta. Los antiguos viajeros extranjeros, turistas del pasado que venían a España a conocer nuestras costumbres, nos han dejado algunas notas sueltas sobre la muleta. Como ya hemos dejado patente y aclarado en otros escritos sobre el desarrollo de la Fiesta, éstos siempre dejaban datos minuciosos de todo cuanto ocurría en los festejos taurinos y no dejaban nada sin comentar en sus escritos, referencias silenciadas, por nuestros relacionistas, al darse por conocidas. Es hacia 1770 cuando el viajero inglés Richard Twiss llega a España y presencia una corrida en el Puerto de Santa María; después de hacer una descripción meticulosa de todo cuanto presencia (no se olvida ni de la divisa de los toros, medida de la espada, etc.), habla de la muleta en los siguientes términos: «Se presentó el primero de los tres —espadas—, llevando en la mano izquierda un palo sobre el que iba atada una capa» Otro compatriota suyo, Henry Swinburne, seis años más tarde presencia una corrida en Aranjuez (Madrid). Asiste al encierro de los toros y, al verlos tan pacíficos, exclama: «Por mucho que se quiera decir acerca de su ferocidad en el ruedo cuando están irritados por los dardos (…) no son tan peligrosos como en Inglaterra son los nuestros». De la muleta aporta los siguientes datos: «(…) Entonces un campeón —torero— llevando en su mano izquierda una capa parda suspendida al extremo de un palo, y en la otra una espada (…) provoca la lucha». Por primera vez aparece el color rojo de la muleta, esta vez leemos al viajero Joseph Townsend. La corrida que nos describe la presenció en la plaza de toros de Madrid el 19 de junio de 1786. Reproducimos lo concerniente a la muleta: «Si no consiguen obligarle a embestir, le presentan la moleta (sic) o pequeña bandera escarlata que siempre llevan en la mano izquierda, e incitándole para que se precipite contra ella se esquivan y le eluden». El artista y literato barón de Taylor, que había nacido en Bruselas y vino a España por primera vez en el ejército de los cien mil hijos de San Luis, nos deja en su obra publicada Voyage pittoresque apuntes de especial interés. Al tratar el último tercio indica: «Pero el momento de la muerte del toro ha llegado; la inevitable orquesta da la señal. El matador o espada toma con la mano izquierda un palo largo de un metro que sirve para fijar por el medio, sobre el listón, una larga tela escarlata cuyos dos cabos vienen a unirse en la mano del matador, formando así una especie de bandera, único escudo del combatiente…» La muleta, que en su inicio se utiliza como ayuda, y que servía únicamente para burlar la embestida del toro y no ser arrollado y, además, para poder matar de frente, pierde de forma paulatina su carácter, se convierte en el principal trebejo del matador, cambiando la técnica y arte. El toreo de muleta es la secuencia más esperada de una corrida de toros, la parte principal de la lidia en la que el matador, solo frente al toro, instrumenta pases variados y, además, la más valorada por su riesgo, entrega, variedad y profundidad artística de los pases y adornos.